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    March, 2008

    Cine chileno: El posible mejor cine del mundo.

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    Cine chileno: El posible mejor cine del mundo.

    Mi intención, como heredero -no sé si digno- del desaparecido Nick Belane, era hablar de que "Sin City" debiese ser considerada una de las mejores películas del último tiempo, tiempo de bostezos e inocuas invasiones morales y alienígenas, tiempo de “interesantes films de miradas humanas íntimas que nos recuerdan que el cine es un arte”. Pero no puedo ser tan irresponsable. Lo lamento por mis editores, pero esta vez vamos a comentar algo acerca de cine chileno. Alguien debe recoger la mierda y procesarla. 

    Comencemos. En primer lugar, pienso que nuestra filmografía se puede resumir, estudiar y cerrar en cinco filmes. En rigor cuatro largometrajes y un documental. Perdón, el mejor documental del siglo XX.  Estas cinco joyas del séptimo negocio son, en orden creciente, "El Húsar de la muerte" (1925, Pedro Sienna); "Julio comienza en Julio" (1977, Silvio Caiozzi); "Valparaíso, mi amor" (1969, Aldo Francia); "El Chacal de Nahueltoro" (1967; Miguel Littin) y "La Batalla de Chile" (1975, Patricio Guzmán). Con esto, lectores, bastaría. Tendríamos ganado nuestro lugar en la gloria y seguiríamos comiendo pop corn mientras le echamos una mirada al celuloide extranjero. Sin embargo, el emprendedor espíritu patrio y su lógica de bruto compulsivo que mueve fondos, periódicamente nos “regala” insulsas obras primas, obras que hacen que el cine chileno “se desarrolle” y sume adeptos. Y que los comerciantes de la cultura audiovisual metan gente a las salas. Pero eso no  tiene porque ser positivo. Hitler fue aclamado por las masas, Stalin es considerado –no por pocos– el santo patrono de la justicia social, la derecha suma votos, los bailarines de Mekano mueven multitudes. ¿No te suena al brazo invisible de un monstruo que lo abarca todo? Hay que reconocerlo: el cine chileno, siendo tan generosos como el Padre Hurtado y sus bondadosos ejecutivos, es malo. No, es pésimo. No, es como las huevas. ¿Quién es el responsable?

    Un cine con identidad de clase

    Podemos argumentar que como buen país tercer mundista –que lo fuimos y según los cánones de la globalización lo seguimos siendo– debemos priorizar otras áreas. Consecuencia de este raciocinio, la cultura ocupa un lugar de menor importancia que la educación, la salud y demás “resguardos” sociales, como la compra de armas, las asesorías en gestión, las franquicias tributarias para transnacionales y los subsidios para el resto de la patria propietaria emprendedora, clase que, además, se hace cargo del desarrollo cultural de todo el territorio. Gracias a esta gente bien intencionada, tenemos películas donde el bajo pueblo es: un montón de chulos calientes ("El chacotero sentimental"); lumpen taquillero ("Monos con navaja"); analfabetos agradecidos de sus patrones ("Subterra", al niño Ferrari le tengo preparado su buen párrafo, no se preocupen). Películas donde la historia es una anécdota trágica, pero muy olvidable y perdonable: el golpe militar, un juego de niños con  mirada cuica ("Machuca"); los desaparecidos, una excusa para fumarse un pito sacando fotos ("Imagen Latente"); la urgencia y consecuencia de cambios sociales, un focus group de altos ejecutivos (un noticiario estrenado en Cannes por el fallido vástago de Miguel Enríquez); los torturadores, héroes muy humanos ("Mi mejor enemigo"). Películas donde se muestra el  subdesarrollo residual de un país desarrollado, políticamente correcto y progresista: la pasta base, una excusa para los negocios ("Mala Leche"); la prostitución camboyana, un acto de canibalismo ("Los Debutantes"); la desesperación económica, un sketch para Morande con Compañía ("Taxi para Tres", "Negocio redondo", "La Fiebre del loco"). En síntesis: un cine de clase diseñado ideológicamente para el sometimiento de la otra y no para su emancipación.

    En el país de la amnesia absoluta, no hay guión

    En Chile hay buenos dramaturgos, algunos dignos poetas vivos y uno que otro narrador de valer. Me refiero a gente como Radrigán, Achondo, Peréz, Griffero (con generosidad) y a un reducido etcétera. Estando ellos y sus trabajos, me pregunto por qué debemos exponernos a la escritura de niños y niñas que son incapaces de narrar en UN SOLO TIEMPO VERBAL. ¿Puede haber cine sin actores? SI ¿Puede haber cine sin sonido? SI ¿Puede haber cine sin una buena fotografía o montaje? SI ¿Puede haber cine sin directores-as? SI ¿Puede haber cine sin guión? NO. Imposible. Sin embargo, todas las creaciones originales y las adaptaciones cinematográficas de algún texto literario nacional son un fiasco. Demuestran que el sujeto guionista no sabe escribir y un desconocimiento absoluto de las realidades que retratan en “sus obras”. Por ejemplo, "Hijo de ladrón", la gran novela social chilena escrita por ese ácrata llamado Manuel Rojas; no puede ser la mariconada que nos presentaron. Una fotografía limpia que niega la sordidez y la pobreza que Rojas retrató como se debe. Sonido bonito y cuidada dirección de arte, actuaciones planas. Todo dispuesto para agenciarse un premio en algún festivalillo de la Europa bajo mundista. La ignorancia de sus creadores nos puede permitir pasar por alto este -por suerte- ignorado experimento. Más que mal estamos hablando de una supuesta generación de creadores-as que con suerte leen las páginas de farándula. Pero, "Subterra". Bueno esa es imperdonable. Aquí viene el párrafo prometido.

    Ferrari: en "Subterra" Baldomero Lillo retrató la difícil vida de los mineros del carbón, hecho causado por la explotación capitalista, así como muchos escritores lo han hecho con otras realidades opresivas: Icaza, con los indios del Guayas (para tu información, un río que existe en Ecuador); Escorza, Mariateguí y Arguedas, con el Perú profundo, ese mismo al que debe pertenecer la mujer que lava tus ropas; Amado, otro tanto con ese Brasil pobre y bucólico; y por suerte un etcétera global bastante extenso. En la obra de Lillo, a la cual se le puede criticar cierta unidireccionalidad ideológica, los Cousiño y los Goyenechea no son los protagonistas. Los explotadores ocupan el lugar que les corresponde en "Subterra". Y no es el de “generadores de oportunidades y promotores del desarrollo comunitario”. Muy por el contrario, los patrones eran quienes hacían de la vida de los mineros del carbón un ensayo para el cementerio. Te recuerdo que a lo largo de su historia, la gente de Lota fue un problemazo para todos los gobiernos de turno, pues formaban el último núcleo de organización legítimamente obrera que existió en Chile. En 1997 la mina se cerró. Hecho de profundo simbolismo histórico que tú das a conocer con un neutro párrafo al final de tu miserable telefilme. Debiste sopesar lo que hacías y el tipo de director que pretendes ser (supongo que quieres tomar el relevo al Francia de "Valparaíso, mi amor" o al Littin de "El Chacal de Nahueltoro") y si emprendiste de la tarea de filmar “Subterra” por lo menos hay que guardar formas y ciertos respetos. Casi 3 minutos de agradecimientos, del tipo yanacona, perro faldero o empleado del mes, a empresas y empresarios que financiaron tu arte donde las  verdaderas víctimas eran extras. Disfrazados de obreros victorianos, los cesantes de Lota le dieron algo de realidad a tu fantasía arribista. Tu historia es la más clara manifestación de la abyección moral y ética que hace de Chile el cumpleaños infantil que a Herodes le gustaría animar. Pero siempre hay una oportunidad de cambiar de rumbo. No hagas nada con Santa María de Iquique. No vaya ser que los milicos mueran junto a los trabajadores en un acto de solidaridad o que fueran unos subalternos yanquis –en rigor debiesen ser ingleses, te doy el dato– quienes se tomaron más atribuciones que las que correspondían e impidieron el diálogo entre los trabajadores y esos honestos visionarios dueños de la pampa salitrera. No hagas nada con Neltume –espero que ni siquiera sepas lo que es Neltume–, no vaya ser que los guerrilleros, en tu fantástica visión rebelde, sean un grupo de cabros chicos jugando a los pistoleros a los que unos humildes oficiales de ejército, traumatizados por los abusos a los derechos humanos, matan por error. No hagas nada con los mapuches, no vaya ser que termines armando un western con diligencias y aparezca un Roy Rogers o un John Wayne, junto a españoles que quieren alfabetizar a esa gente semi desnuda. Ni te atrevas en tocar a Recabarren, ni a Clotario Blest, no vaya ser que se transformen en unos Hoffa de mala muerte. Juro, que si lo haces, todo lo que aprendí en una escuela de cuadros lo aplico en el avant premiere. No hagas nada con el golpe, no vaya ser que los desaparecidos sean una mentira para ensuciar a nuestro heroico ejército. Olvídate de Allende, Enríquez, Manuel Rodríguez o Carrera. ¿Para qué?. Si ya tenemos muchas y buenas películas de superhéroes. Ferrari, contrata un profesor de Castellano y que te adapté una novela de José Luis Rosasco o de Fuguet. Así tu estilo de quedar bien con los de arriba no se transformará en un escupo en el ojo para los de abajo. Y por favor, usa la autopista central y evita mirar hacia una población. No vaya ser que te inspires en algo tan freak como la pobreza.

    Gracias a tipos como Ferrari, regla sin excepción del cine chileno actual, podemos concluir que el desconocimiento de la realidad, la alienación social, un grado de estupidez y la ausencia de oficio generan un círculo de viciosos y viciosas poco entretenido, que apuesta a al gran axioma de nuestra transición: verdades a medias e impunidad histórica. Aplicado al cine: la realidad que alguien ve por mí para que yo la interprete y de esa manera la establezca como oficial. Curiosamente, una verdad de clase.

    Como una forma de paliar este raro efecto, aquí van tres consejos para ustedes, niñas y niños con sensibilidad de guionista.

    a) Para establecer situaciones dramáticas sólidas, constrúyanlas desde acciones físicas básicas, para de esa manera anular físicamente a los personajes y obligarlos –ustedes chicos funcionan sobre la lógica de recibir o dar órdenes, no sobre el debate de ideas– a desarrollarse desde lo psicológico.

    b) Para construir buenos argumentos no se necesitan buenas intenciones –dudo que  personas como ustedes tengan otro fin en la vida que alimentar el ego y llegar a tener una cuenta corriente mucho más interesante que la de papá o mamá, pero les doy el beneficio de la duda-, lo que si se necesitan son buenas acciones a las cuales –esto es difícil y me da la impresión que el arancel que pagan en sus universidades privadas no alcanza para suplir el escaso potencial intelectual que exhiben en sus patéticos manuscritos-  deberán encontrar el significado. No hablemos de semiótica, ni semiología, ni sentido común, o de algún cruce de datos que les permitiese profundizar esos extensos planos inercia de una cancha polvorienta bajo el sol de enero que tanto les gusta usar. Es más simple: el protagonista (de preferencia he de suponer Vicuña) besa en la mejilla a su amigo y dice:

    -Jugado, Quaquer. (Ustedes utilizan esos apodos, tan Liguria yo no soy).

    Ya está escrito. Ahora lean lo que han hecho. Lo mejor sería que lo borrasen, pero bueno, está escrito. Realicen la siguiente pregunta: ¿Por qué mi personaje besa en la mejilla a su amigo Quaquer? Junten las respuestas, que seguramente serán varias y ordénenlas cronológicamente. Ya está. Ese es vuestro argumento. Mover a un huevón taquillero de aquí para allá. No hay más. Sus mentes tejen historias del tipo: un taxista se une a una pareja de asaltantes y…; una pandilla de narcotraficantes es objeto de una mexicana y…; un locutor de radio escucha las historias de sus radioescuchas y…; una pareja de hermanos sureños trabaja para un proxeneta y…; una pareja de aristócratas humanitarios quieren dar luz a un sucio poblado de analfabetos, resentidos e ignorantes mineros del carbón y…; una niña de la Garra Blanca y un niño de Los de Abajo se echan un polvo y…; un niño bueno, lindo y rico se ve obligado a ser amigo de un niño pelusa, negro y pobre durante la nefasta Unidad Popular y…; etc. El problema de ustedes es que no saben que hacer con lo que viene después de la y…; fácil, pongan los significados de las acciones.

    Asúmanse como lo que son: gente básica, gente unidireccional, gente que está en la vida para vivirla desde portadas, entrevistas y making off. No hagan nada más. Sean sinceros con ustedes, con quienes van actuar esas cosas y con quienes nos veremos obligados a verlas por solidaridad patriotera: hay que apoyar el cine chileno, el cine chileno es bueno, quedo bonita la película, no tenemos nada que envidiar del cine extranjero, la hicimos con muy pocos recursos, y un largo catálogo de frases sacadas de la Biblia del país del lugar común. Ustedes son los embajadores de ese planetita unineural. Entonces hagan buenas postales de su verdadera patria. La gente creativa vive en el país de nunca jamás. Ustedes son de nuestra nación enemiga. Ustedes son del lugar común. Sientan orgullo de lo que son y dejen de decir a un país agobiado de vivir con un salario y vida mínima que no tienen plata para hacer el verdadero arte.

    c) Podemos pasar por alto el hecho que el sujeto guionista sea incapaz de estructurar una situación dramática. También pasar por alto los argumentos. El referente de estos niños criados por la tan reverenciada televisión ochentera, época preciosa con mala música y degollamientos, es muy potente. El sujeto guionista cree que hacer un guión de cine es hacer un libreto de televisión. En su lógica y mundo se encuentran cerca. Lo que no podemos tolerar son los diálogos y los textos en off (over). YA ES SUFICIENTE. Hasta los textos de Cecilia Bolocco en "Morelia" se hacen un bálsamo al compararse con los de Carolina Fadic en "Monos con Navaja", Berta Lasalla en "Subterra", Tamara Acosta en "El Chacotero sentimental" y "Machuca" –lo siento, compañera Acosta, pero usted mejor que nadie sabe que las mujeres de población no hablan como usted-, Patricia López (ex camboyana o warrior sexual del establishment criollo convertida a mina mística sensible) en todas sus mamarias actuaciones, Sigrid Alegría en "Sexo con Amor"  y un largo etcétera.

    Niñas y niños, les recuerdo que el país al cual ustedes narran de manera realista carece de acentos étnicos y es abundante en los acentos sociales. La riqueza de lenguaje no es un gran mérito patrio. Cuando uno habla, lo hace desde la vivencia y la rutina. No con diamantes en la boca ni pensando cada punto y coma que ustedes otorgan a sus personajes “reales, humanos y entrañables” que nos han obsequiado. Les doy un truco de diálogo: improvisación condicionada. El personaje A habla con el personaje B acerca de los cafés con piernas, mientras esperan que baje de su departamento el personaje C, que luego de haber aspirado unas líneas de coca habla por celular con su hermano, personaje D, acerca de quien ganó el último reality show. NO ESCRIBAN EL DIÁLOGO. SUGIERAN UN TEMA Y QUE LOS ACTORES INTERACTÚEN DE ACUERDO A ESTE. Les aseguro que tendremos situaciones mucho más reales e interesantes que los diálogos acerca de… ahora se acuerdan de los locos… ahora que estamos todos locos…

    En síntesis: la ausencia de guión en el cine chileno encuentra sus raíces en la ausencia de métodos vivenciales y exploratorios de investigación y reflexión, que permitan acceder a un nivel acabado de conocimiento y visiones como herramienta genérica de creación. Sólo desde ese punto de partida la creatividad, la inspiración y el hedor a arte se legitiman. Dicho de otra forma, cuando se escriba desde el conocimiento, y no desde el simbiote prejuicio, nos encontraremos ante un guionista y, lo que de verdad es importante, frente a un guión.  Pero de ello no hay mucha esperanza. Aún.

    Nosotros, el auditorio

    En párrafos anteriores hemos tocado la identidad (objetivo) ideológica del cine chileno, la ausencia de guión (con especial dedicatoria a Ferrari) en esta disciplina y nos queda la relación producto–auditorio. ¿Qué busca el cine chileno?. ¿Sustentabilidad, asertividad, incorporar el riesgo país en la aventura creativa? Cualquiera sea la respuesta, mientras ese tufillo a celuloide sea rentable todos seremos cómplices. El estado financiará a su destacamento de publicistas para mantenernos en un estado opiáceo absoluto, lobotomizados en el gran expendio de prozac que es Chile. El empresariado, por su parte, mantendrá su rótulo de progresismo a punta de unas cuantas monedas arrojadas al azar. Total, la crítica especializada no existe, ni hay miradas divergentes. Pareciera que se hubiese publicado un DFL obligando a la patriotería barata (soy un enemigo de la patria, señores), a decir que todo lo que contenga el escudo patrio en sus créditos es un fantástico producto de la industria chilena de cine. 

    Les recuerdo, también, que esto no es una industria, todavía no, es sólo un buen negocio a contrata. Una industria implica organización, no solo ejecutiva sino de base. Una industria implica competencia y aquí se uniforman año tras año los discursos fílmicos. Así, después de tanto mal film político, todos ordenaditos bajo la verdad oficial, nadie se va atrever a tocar el tema de los derechos humanos. Ya nos debe haber quedado claro cual debe ser el punto de vista para la interpretación conciliadora de nuestra historia pasada. Guzmán es una isla en un océano de amnésicos. Helvio Soto yace bajo tierra. Littin solo busca dinero. Caiozzi plagia a Greenaway o al manierista en boga. Y el resto no existe. Para qué hablar de nuestros sucesos políticos recientes. He de suponer que por el bien de la imagen país, no hay ningún resentido interesado en narrar esas mentiras que enlodaron la imagen de prohombres en el marco del caso Spiniak. Hecha "Subterra", quién es capaz de cuestionar la economía en Chile. Los que debiesen tener los huevos y ovarios para hacer esas cosas no los tienen. Y quienes sí lo tienen venden celulares y fríen papas para alimentar a sus vástagos. Ganaron esta batalla. Pero les recuerdo que pelearon solos y en tiempo de tregua. Es triste, pero en este contexto no tendremos nunca una buena escena de los verdaderos topless o de cafés con piernas, no tendremos un buen film de paranoias fascistas como la seguridad ciudadana. No tendremos buenas parodias ni nada. Ellos, los dueños de la manzana, se repartieron los temas y nos cagaron con las historias que a todos nos gustaría ver. Ni siquiera buenos plagiadores tenemos: Olguín no es Craven, ni Argento ni Romero; Olguín es un pobre pendejo adulado por una pandilla de periodistas mendigos. Los cuarentones ya perdieron. Ganaron plata, pero se las robó un emprendedor contable. Manga de huevones, se supone que ustedes hacen cine, no juntar plata para esa vejez que se les viene encima. El niño Lópéz, el empresario freak light, no es nada. Un plagiador absoluto de un Álex de la Iglesia en franca decadencia, echando mano a películas de Kevin Smith para convencernos fácilmente de su genialidad. No niñito, los que entendemos tus hobbys sabemos que eres pura copia. Y así se los digo a todos: APRENDAN A COPIAR.

    Ya he enunciado, desde mi punto de vista, los ripios de nuestro séptimo arte. Por favor, agreguen una exagerada devoción por contar todo lento y en cámara lenta y más lento aún, como Tarkovsky, modelo de nuestro “mundo fílmico” ochentero. No obstante, no se debe olvidar que el ruso trato de decir algo en su soporífera imaginería. En Chile, se recurre a la misma estética para decir nada. Y me queda la generación digital. Sólo una cosa, intimidad no es pasear a una actriz de teleseries en calzones y sin maquillaje por un departamento, planteándose qué ha sido de su vida y fracasos frente al espejo, lágrimas con un soundtrack electrónico. Espiritualidad no es reírse con un mimo. Profundidad no es darle un beso a un amigo. Hacer cine independiente y con miradas personales no es hacer un video para la familia y los amigos. Solo una cosa: no califican para examen de primer año. Pero todos ustedes, chupaubres fiscales, los cobardes que prefieren vivir al alero del rey de turno, los oportunistas de la historia, los plagiadores de siempre, los artistas de lo lento y las minas digitales; pueden estar tranquilos. Estamos armados, pero con pistolas de agua, cuchillos romos y balas de salva. El negocio está a salvo. Gracias a ustedes, el cine chileno puede ser el mejor cine del mundo y de la historia. Es una oportunidad histórica la que tenemos por delante. Tenemos la posibilidad de tener el mejor cine. Exclusivamente porque el cine chileno no existe.

     

    Por: Edicson Solar

    ( Publicado en Esperpentia Digital Número 3 / Sección "Butaca Independiente" )

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